Las restricciones de Apple y los DRM

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Apple DRMLos chicos de Defective By Design (Defectuoso por Diseño) se manifestaron delante de las puertas del último evento de Apple en San Francisco, donde se presentó el (a mi parecer todavía muy primitivo y limitado) iPad.

Efectivamente, tal y como declara el cartel del activista de la foto: Apple, con el sistema operativo integrado de su iPod, iPhone e iPad, no permite instalar sofware libre en sus productos, además de no permitir usar otro sofware de reproducción de música o video que no sea el de iTunes.

Tampoco permite instalar las aplicaciones que uno desee, ni usar otros formatos de archivo de sonido libres de DRM (Gestión de Derechos Digitales).

Finalmente, tu computadora termina siendo de Apple no tuya, tal y como reza el cartel que sostiene el señor de la foto.

Apple (y no el usuario) es el árbitro final de cuáles aplicaciones se pueden instalar en sus nuevos productos y cuáles no.

Antes teníamos todos mucho miedito de qué podía contener el chip de Intel además de pánico ante el sistema operativo Vista. Pero cuando todo salió a la luz por suerte obtuvo un fracaso estrepitoso. Era tan “seguro” (con la engañosa excusa de la seguridad es como todos se justifican) que nisiquiera funcionaba.

Antes fue Microsoft el malo malísimo, pero ahora es Apple quien se va transformando progresivamente en un ente controlador, limitador y totalmente en contra de las libertades del usuario.

HiperrealidadNuestra “realidad” (entrecomillada porque primero habría que definir qué entendemos por realidad) ya no basta que sea supuestamente “real”, ahora también se pretende que sea suprarreal e hiperreal, que la misma “realidad” contenga un discurso sobre sí misma (meta-realidad). En definitiva que la realidad esté etiquetada igual que un producto más y así dar paso a la era de la nueva “realidad aumentada”. Tal y como cuando introducimos las etiquetas en las webs con el fin de clasificar sus contenidos, para que a su vez el Gran Hermano Google nos etiquete, nos clasifique, nos ordene, así queremos que sea nuestra realidad para que pueda ser vivida. Hoy en día si la “realidad” no se experimenta como mediatizada parece no existir, no tener valor. Si no se clasifica según el ordenamiento necesariamente insuficiente de lo lógico y de lo racional, parece que no pueda vivirse. Y realmente parece que no puedan vivir los que constantemente mediatizan su vida con Facebook y/o Twitter, haciendo públicas incluso las veces que acuden al inodoro. La neurosis de un constante y obsesivo registro de la realidad, que comenzó quizás con las inocentes fotos de las vacaciones, ha terminado eclosionando en el saturado universo de la toma digital de imágenes que actualmente vivimos, sobretodo en el fenómeno patológico de los fotologs.

“Toda la vida de las sociedades en las que dominan las condiciones modernas de producción, se presenta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que era vivido directamente se aparta en una representación.”

La sociedad del espectáculo, Guy Debord (1967)

Después de la muerte de Dios no se puede esperar otra cosa que la muerte de la realidad. En nuestro afán por definirla, terminamos mediatizándola a tal punto e interviniendo en ella de tal manera, que se termina difuminando el horizonte de la misma. De tanto querer acercarnos a la “realidad” y pretender viviseccionarla mediante el análisis, terminamos separándonos progresivamente de ella.

Aunque lo peor de todo es cuando esta nueva hiperrealidad (ya que la realidad a secas ha dejado de existir) carece de sentido, de valor o de fin último y se precipita hacia lo absurdo de una existencia vacía y carente de sentido.