La era de la estupidez: tengo 135 unfriends

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El colmo de la alienación es la alienación viral. La alienación que de tan contagiosa se hace sentir obligatoria. La presiones vienen de todos los lados: que si todo el mundo tiene Facebook (la clásica presión detrás de una vaga idea democrática). Que si sirve para buscar trabajo o para conocer a los antiguos compañeros de escuela primaria o secundaria desaparecidos: ¿para qué quiero yo juntarme de vuelta con ésa gente? ¿qué tendré en común con ellos?

En definitiva: ¿por qué me tengo que hacer de Facebook a la fuerza?

Es como el teléfono móvil. Cuando apareció, hace ya tantos años que ni me acuerdo cuando fue que me compré el primero, todavía había gente que, como yo ahora con Facebook, decía: “pues yo paso de tener móvil”. Todavía había gente sana mentalmente, no como ahora, que todos, absolutamente todos, (almenos los occidentales y la white trash en general) tienen uno o más teléfonos móviles.

¿Y Facebook? Si no tienes eres un outsider. Un renegado. Un excluído. Una lacra social.

Pues Facebook se está yendo al carajo tal y como nos indica un muy interesante artículo de La Razón que en realidad centra su discurso en la reciente moda de des-amigarse. Parece ser que los usuarios de la monopolística red global, están comenzando a darse cuenta de lo absurdo que es tener cientos o miles de pseudo-amigos y los están empezando a borrar, a hacerse unfriends.

Parece ser también que la popularidad de la red social por excelencia está comenzando a mermar y da claros sintomas de caída.

Por cierto: ¿Alguien se acuerda de Myspace?

¿Por qué serán tan caducos todos los productos de la era digital? Pues simple y sencillamente porque no son reales, y todo lo que no es real está destinado a morir. Pero…¿podré lograr ser anti Facebook por siempre?

HiperrealidadNuestra “realidad” (entrecomillada porque primero habría que definir qué entendemos por realidad) ya no basta que sea supuestamente “real”, ahora también se pretende que sea suprarreal e hiperreal, que la misma “realidad” contenga un discurso sobre sí misma (meta-realidad). En definitiva que la realidad esté etiquetada igual que un producto más y así dar paso a la era de la nueva “realidad aumentada”. Tal y como cuando introducimos las etiquetas en las webs con el fin de clasificar sus contenidos, para que a su vez el Gran Hermano Google nos etiquete, nos clasifique, nos ordene, así queremos que sea nuestra realidad para que pueda ser vivida. Hoy en día si la “realidad” no se experimenta como mediatizada parece no existir, no tener valor. Si no se clasifica según el ordenamiento necesariamente insuficiente de lo lógico y de lo racional, parece que no pueda vivirse. Y realmente parece que no puedan vivir los que constantemente mediatizan su vida con Facebook y/o Twitter, haciendo públicas incluso las veces que acuden al inodoro. La neurosis de un constante y obsesivo registro de la realidad, que comenzó quizás con las inocentes fotos de las vacaciones, ha terminado eclosionando en el saturado universo de la toma digital de imágenes que actualmente vivimos, sobretodo en el fenómeno patológico de los fotologs.

“Toda la vida de las sociedades en las que dominan las condiciones modernas de producción, se presenta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que era vivido directamente se aparta en una representación.”

La sociedad del espectáculo, Guy Debord (1967)

Después de la muerte de Dios no se puede esperar otra cosa que la muerte de la realidad. En nuestro afán por definirla, terminamos mediatizándola a tal punto e interviniendo en ella de tal manera, que se termina difuminando el horizonte de la misma. De tanto querer acercarnos a la “realidad” y pretender viviseccionarla mediante el análisis, terminamos separándonos progresivamente de ella.

Aunque lo peor de todo es cuando esta nueva hiperrealidad (ya que la realidad a secas ha dejado de existir) carece de sentido, de valor o de fin último y se precipita hacia lo absurdo de una existencia vacía y carente de sentido.